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LECCION DE VIDA Y HUMILDAD

Puertas III


Otras, son esas que uno deja entornadas para que alguien empuje apenas y pase.

Son las que más tardan en cerrarse. Las que abrimos a un amor que justo era el que deseábamos pero no el que nos correspondía. Insistimos una vez, otra más y otra.

No quiere. No es, erramos.

Sufrimos como adolescentes aún siendo adultos hasta que comprendemos. A nadie se puede forzar a entrar, menos a que se quede adentro.

Causas y cosas perdidas, tiempo y energía. Luego descubrimos que el amor no era Amor
-por lo que no se pierde, se transforma-

Era necesidad. Y ésa se satisface de varias maneras, entre ellas comiendo.

La puerta se cierra sola, tarda en abrirse nuevamente.

Memoria, no eres nada frágil.

Y empiezan los cambios cuando se abre la que da a esa cama que nos espera lisa y llana. Y en la cama, élla.

No siempre viene bien. A veces, muchas, muy mal.

Nos quedamos, porque no queremos que se nos confunda. Porque no queremos confundirnos. Porque es mucho cambiar de cara, de nombre, de mujer, de espacio despacio o rápido, de amor pasado a próximo desamor.

Nos aguantamos hasta que aparece la que nos demuestra que ya no soportábamos más.

Que mejor nos vamos, que salgamos corriendo con valijas o sin ellas, con el auto o con el perro o Ni gato me llevo, pero me voy. Hasta luego o hasta nunca. Si te he visto ni registro.

¿Muy mal? Sí, lo sé.

Pero así pasa. Y nada dejó la otra que quede detrás de la puerta. Uno se pregunta cómo fue que, ¿Nada?
¿Nada me pasa por dentro si hago el repaso de las horas, de los tiempos?

Y luego viene la Puerta IV -la que pega en la cara-

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