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LECCION DE VIDA Y HUMILDAD

El árbol de la vida

Colocó sus manos sobre el árbol y le resulto feliz la coincidencia de ver que las arrugas continuaban sobre la superficie de aquel tronco.
Había venido caminando despacio por el sendero desde la casa nueva hasta el roble que alguna vez había dado sombra a la casa ya inexistente.
Pocos días atrás habían removido lo que quedaba de ella: la vieja chimenea de piedra indiferente al incendio de hacía veinte años. Y si bien ya no estaba, él la veía y también a ella, con el pelo recogido e iluminado por el sol que se colaba entre las ramas frondosas del roble.
Su mujer ya no estaba. Ahora desaparecería también el roble.

Le vino a la memoria que su padre había plantado ese árbol y construido la casa el mismo año en que él había nacido, alternando el esfuerzo de la obra con el duro trabajo de arar, sembrar y cosechar. Qué distinto era todo ahora.
Caminó sobre lo que había sido la sala de estar y vio el lugar donde ella siempre colocaba flores cerca de la ventana, ahora tapizado con las pequeñas corolas amarillas que crecían silvestres en el pasto no muy alto. Volvió a mirar al roble y también se recordó con bellotas. El vino y la alegría de verlos crecer al sol. Y el volar de las calandrias, los gorriones y sus nidos, un año tras otro. Y también, como algo muy vívido, el primer beso que le dio a ella, bajo ese árbol, mientras se protegían de la lluvia. Recordaba el aroma de la tierra mojada de esa sorpresiva lluvia primaveral.
No eran de pena las lágrimas que habían aparecido furtivamente sobre su cara curtida porque había vivido feliz, hasta que la enfermedad se la había arrebatado.
El tiempo sabe como arrancarle la memoria a uno, pensó y echó una última mirada a ese árbol, descubriéndose la cabeza y mirando a lo alto de la copa. No era justo. Tan viejo como él y tan fuerte que se lo veía pero lo iban a derribar mañana. ¿Dónde irían a parar todos los pájaros? ¿Habría nidos todavía en el otoño?
Se preguntó si sus recuerdos se esfumarían con él viejo árbol, disipándose como la bruma esquiva de la mañana. Se sintió fatigado y antes de irse, recogió con dificultad una bellota del suelo, la miró y luego de lustrarla con la manga de la camisa, la puso en un bolsillo, mientras volvía por el mismo camino por el que había venido.
Por primera vez, en todos los años de su vida allí, se sintió solo.
Al otro día, los contratistas hicieron su trabajo y temprano a la mañana, luego de podar unas cuantas ramas grandes, el árbol cayó, apenas unas horas después de que aquel otro viejo roble también lo hiciera...

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