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LECCION DE VIDA Y HUMILDAD

REALIDAD

Quise escribir pero no recuerdo. Quería plasmar unas tantas ideas y conjeturas que en días he fraguado, sin poder ahora recordar. Pienso, en certeza, que no padezco de aquellas enfermedades degenerativas variadas en tipos y nombres. Quizá en el transcurso de estas confidencias se me ocurra algo, y usted, reciba mis sinceros agradecimientos, pues me ha ayudado a recordar mis olvidos que pronto volverán a ser principales en mi conciencia.

Hay maneras de dar las espaldas a la realidad. Aunque en estos casos, soy relativista, pues siempre es en cierto sentido, y más temprano que tarde, se impone lo real por sobre el tenue deseo humano. Algunos piensan que lo real es una construcción del propio yo, y, en efecto, la realidad es solo mía, y de nadie más. De ahí que se diga que existen realidades y no unidad en lo real. No creo en esta visión pues se retuerce sin salir de uno mismo, legitimando, artificialmente, hasta fantasiosamente, lo propio, por sobre lo ajeno.

Tan extenso e impactante es el ego que ha dado con formas, estructuras, en apariencia de verdad, para dar cabida a lo torcido. Porque si hay algo que recuerdo bien, y quizás esto era lo que yo deseaba escribir, es aquella situación posesiva de altos ideales; creerlos plenos en uno mismo, sin antes confrontar esta vida con un modelo que haga remecer estas devociones. Es vivir como si fuera este universo mi sola habitación, sin que ningún otro como yo, de un lado, refute. Una persona que dice saber, otra amar, etc. ¿Cómo sabe que ama, cómo sabe que sabe? ¿Por qué alguien se lo dijo, lo siente, alguna referencia tiene frente a sí?

El ser humano es demasiado frágil para vivir solo. No pienso en esta compañía de otros seres como él. Es la comunión en el Creador, que aun solo siéntase el hombre, tendrá un espejo claro donde confrontar su existencia. Alguien que se arroga el conocimiento de tal o cual cosa, sin darle cabida, primero, a la referencia próxima, es decir, el prójimo que enseña con su ejemplo, y en seguida, los grandes hombres, santos que descansan en la bondad, para terminar en la fuente de todo este descanso, Dios Padre, siempre terminará en una existencia muy triste, pues dice saber, pero ni él sabe lo que busca saber…

No se crea que siendo humanos, dado este estado de las cosas, no se tiene el propio derecho a decir de uno mismo. Discernir, separar, volver a juntar. Pues algo así a la postre, terminaría en una parecida cosa, en una suerte de incertidumbre y duda en apariencia humilde, que, en el fondo, se envanece negando para otros, afirmando más de lo debido para uno mismo.

Hay una solidez, afincamiento seguro, que priva a las mentes de esta angustia, una búsqueda en círculos envolvente, sin paradero ni estancia constante. Trascender es salir de este yo privado, ir fracturado, volver sano. A Dios gracias, la simpleza del Evangelio, genera esta humildad y desprendimiento, sin que sea necesario dar curso a estructuras anodinas, que nunca llegan a fin último del ser humano: Dios.

Dar las espaldas a lo real es esconderse en estos relatos. Despreciar el sentido de esta realidad, no recibir esperanzado y contento lo que Dios quiere para nosotros. Torcer su amoroso camino, por considerarle doloroso, sufriente, angustiante, sin antes mirar el Sagrado Corazón de Jesús, que muchas razones tuvo para replegarse en sí mismo, calumniado, expulsado, perseguido, muerto, y aún prefirió confiado decir…”Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”…

 

Luis Robert

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